“Son las 8:00 am. Abro los ojos por culpa o gracias a la alarma del despertador. Otro día más, otro lunes más, y cómo no, toca ir al colegio. Ponte en pie, desayuna algo rápido, coge el uniforme y quítate el pijama… espera, no, no mires, sabes lo que pasará si miras… no le hagas caso, sabes que, si te giras, y le miras a los ojos, te convencerá, tiene ese poder sobre ti y sobre todo lo que piensas, y sobre todo lo que haces después de eso… Oh, no, ya lo has hecho, no has podido evitarlo… Miro al espejo fijamente, me veo en ropa interior… miro a esos ojos que me devuelven una fría e insensible mirada. Me hiela por dentro. Sé lo que está pensando de mí. Porque yo también lo estoy pensando, su poder es instantáneo y me atrapa. Bajo los ojos despacio, con miedo a ver mis formas, mi cuerpo, mi carne, mi piel, mis kilos… Noto ese peso dentro de mi cerebro, 55kg que se estampan contra mis sesos e inmediatamente noto que no puedo respirar… Me cubro en seguida con la primera prenda del uniforme que noto a mano. Me tapo y me escondo de mí misma. Ya han empezado a caer las lágrimas, mientras sólo una palabra se repite en mi mente… Esa jodida palabra hace que me arrepienta del desayuno, podría haber aguantado con un vaso de agua, o dos… Eso hubiera sido suficiente hasta el almuerzo. Cuando llegara ese momento, ya pensaría qué hacer de nuevo… Me visto rápido, sin atreverme a mirarme otra vez. Me peino a penas sin ver mi reflejo. Sólo siento angustia, y pesadez.

De camino a clase me siento algo mejor, estoy andando, y voy rápido, apretando los glúteos para que el efecto del ejercicio sea más notable. Y, además, meto barriga todo el rato, llevo años haciéndolo y no supone ningún esfuerzo para mí. Puedo respirar tranquilamente porque sé que de esta forma también fortalezco el estómago y ayudo a que algún día sea plano por fin.

En clase pasan las horas, ya ni si quiera me hace falta mascar chicle. He conseguido controlarme muchísimo en este tiempo. Su mirada consigue que me controle.

A la hora del almuerzo, es todo más fácil de lo que parece, me bebo un zumo, bueno, a mitad, no sea que mientan y lleve más azúcares de los que marca la etiqueta, o más proteínas, o más calorías… para mí ya todo es igual. Pero sé que es mejor tomar algo líquido para llenar el estómago que algo sólido, eso lo tengo claro. Así que mi sándwich de pavo y queso, es regalado a trozos a algunas compañeras que quieren probarlo, y el resto… bueno, el papel de plata ayuda a camuflar muchas cosas, así que simplemente tiro los restos a la basura.

Al pasar de una clase a otra, veo mi reflejo en unos cristales… Me aparta la mirada, no me soporta, siento su desprecio, y esa palabra se vuelve a repetir en mi cabeza, incansable…

Hoy toca quedarse a comer en el colegio. Buff, no sé qué es más complicado, si en casa, o aquí… Antes, hace algunos años, era más sencillo, pues llevábamos un babero con bolsillos, donde podía meter la mayor parte de la comida. Pero ahora, ya no lo llevamos y me resulta más difícil. Pero no imposible. Del primer plato, pruebo unos sorbos… sopa… intento evitar la pasta, y sólo sorber el caldo que sé que, en su mayor parte, es agua. Vierto un poco sobre la bandeja, como si se hubiera caído al servir… Dejo encima unas servilletas y realizan su papel absorbente. Perfecto. Vamos a por el segundo. Este es más complicado. Un sanjacobo y patatas fritas. Dios, ¿pero que pretenden, que explote? Bien, intento regalar las patatas, y resulta fácil, entre dos compañeras se las reparten. Alego no encontrarme bien del estómago (otra vez) y voy al baño. No sin antes, haber cogido más de la mitad del sanjacobo para tirarlo por el retrete. Cuando vuelvo, sólo tengo que coger el resto, despedazarlo, preguntar si alguien quiere un poco, y otra vez usar las servilletas a modo de tapadera para los restos. Bien, casi está la prueba superada. De postre he podido escoger una pieza de fruta, menos mal. Aun así, no me termino la manzana, la dejo roída en la bandeja, y me bebo dos vasos de agua. Me levanto y dejo la bandeja mientras salgo fuera como alma que lleva el diablo.

Una vez he salido del comedor, siento que puedo volver a respirar. Ahora sólo quedan un par de clases y listo.

De nuevo por los pasillos, me cruzo con esa mirada en los cristales. Me fijo en mis mofletes, y vuelvo a escucharla… Me hace sentirme mal por los bocados que he dado a la comida, no tendría que haber caído ni en eso, sino, no conseguiré mi objetivo. Su objetivo. Ya no sé bien qué pienso, todo me da vueltas. Estoy cansada, me paso las clases como ensimismada, entre ellas sonrío y hago como que escucho a mi compañera, hasta me río con ganas de sus gracias… Pero mi cabeza no deja de escuchar la misma palabra. A veces llega a ser estresante, por mucho que los años te acostumbren a ello.

Hora de volver a casa. Pero… no, tengo que idear una táctica para saltarme la cena. Así que voy a la biblioteca a estudiar. Mi estómago está rugiendo, pero la palabra es más fuerte, hace más ruido que mis tripas. Aviso a mi madre, y le digo que no iré a cenar, pero que no llegaré tarde, que estoy estudiando con una amiga y cenaré con ella. Siempre suelen colar las historias así, mi madre ni si quiera sospecha que llevo años escuchando esta palabra y obrando conforme a ella, actuando como me ordena esa mirada del espejo de cada mañana.

Tengo sed, así que me levanto para ir a la cafetería a comprar una botella de agua. Pero de repente, empiezo a notar la sangre palpitando en mis sienes, mi vista se vuelve borrosa, me tiemblan las piernas, intento sujetarme, pero… nada, oscuridad.

Abro los ojos. Una chica de la biblioteca me está sujetando la cabeza, mientras otra me acerca algo a la nariz. Otro desmayo. Pregunto cuanto tiempo he estado inconsciente y me dicen que no me preocupe, que ha sido unos segundos nada más. Comentan de llamar a alguien de la biblioteca, o si llaman a mis padres y si estoy bien… Me levanto inmediatamente, algo aturdida aún, pero les digo que no, que no se preocupen, es simplemente que tengo la tensión baja, tenía calor y necesitaba hidratarme, que era lo que iba a hacer cuando me desmayé. Me alejo dándoles las gracias y repitiendo que no se preocupen, que iba a buscar agua y algo de azúcar yo misma. Se quedan extrañadas, pero me dejan ir.

Consigo el agua de la cafetería y decido irme a un parque un rato. Espero hasta que se hace la hora de la cena, y emprendo el camino a casa. Igual que la ida, rápido, apretando músculos, con una energía que no sé bien de donde la saco. Mi cabeza responde automáticamente que de la grasa que todavía no he hecho desaparecer…

Me entran ganas de llorar otra vez. Pero aguanto. Evito mirar mi reflejo en los portales, pues sé que no va a decirme nada agradable.

Cuando llego a casa, evito bastante el contacto familiar. Me voy a mi habitación, me pongo el pijama sin atreverme a mirar al espejo de nuevo… Bebo agua, y anoto en un diario todo lo que he comido hoy. Es algo que llevo haciendo durante años.

Me meto en la cama, pero antes, no puedo evitarlo y me miro en el espejo. Ahí está ella, y me dice a la cara lo que otros me gritaban. Se me queda grabada en la mente esa palabra de nuevo, esa maldita palabra. Y mientras cierro los ojos, lloro, y hasta en mis sueños puedo escuchar a mi espejo diciéndome: GORDA.

PD: Tengo que ser sincera en algo, hace muchísimo tiempo que no me peso, así que probablemente, no pese ya 55kg. Eso fue hace unos ocho meses. Y al ritmo que llevaba cuando me pesaba constantemente, es posible que ahora pese 45kg. Pero no me importa, mi espejo sigue viéndome así, sigue gritándome: GORDA.”

 

Esto es un relato de ficción, pero… tiene más de verídico de lo que parece. Y lo sé, porque yo misma sufrí anorexia en mi pre y adolescencia… y en esos días está inspirado este texto. No voy a hablar del tema como una experta científica, ni como una psiquiatra especializada en trastornos alimenticios. Voy a hablar de la anorexia en primera persona, como alguien que sufrió este trastorno, que muchas veces, no es más que un síntoma de algo más profundo o un cuadro más amplio. Y por favor, perdonadme si este artículo está muy pensado y enfocado en las mujeres, sé que también hay hombres que sufren este problema, pero son muchísimos menos, y como hablo de mi caso en particular y mi experiencia, lo hago desde un lado más femenino.

Todo comenzó en la pubertad, realmente. Cuando eres chica, y empiezas a desarrollarte, se te ensanchan las caderas, los muslos, te crece el pecho… Tu cuerpo se reestructura para tomar forma de mujer a muy temprana edad. Y en este proceso, si no tienes un poquito de cuidado o no estás habituada a una dieta saludable, puedes aumentar algo de peso, pero es normal. En este momento de mi vida es cuando ya, aun siendo una niña, empecé a notar que era bastante voluptuosa. Tuve que sufrir un cierto bullying por parte de los niños, sí, de la parte masculina, que, a la edad de doce años, ya empezaron a llamarme gorda. A los trece, cuando ya estuve prácticamente desarrollada, cambiaron el apelativo de gorda por puta. En realidad, creo que poco importa lo que me dijeran, el caso era meterse conmigo y con una amiga mía por no juntarnos con ellos para jugar. A nosotras nos interesaba hablar y reírnos de cosas muy diferentes a las que les gustaban a ellos, y sólo por eso, tuvimos que sufrir su desprecio, insultos, y demás.

El insulto de “puta” no me afectó tanto, porque me parece muy infantil insultar a alguien con ese apelativo, que a mí parecer, es sólo otra forma de nombrar a la profesión más antigua del mundo, la de prostituta. No me parece un insulto, sino un tema del que se podría hacer muchísimo debate. Sin embargo, el insulto de “gorda”, si me lo tomé muy a la tremenda, pues tenía la cara redondita (todavía no se me habían marcado las facciones como las tengo ahora, y aun así hoy en día tengo mofletes), algo de barriguita, unos pechos que habían salido de la noche a la mañana, unas caderas prominentes, los muslos algo más gruesos, más culo… Y me comparaba con artistas y con amigas, y con amigas de amigas, y a todas las veía más delgadas que yo. Empecé a tener problemas de autoestima nada más llegar a este punto, en mi niñez siempre había sido bastante feliz porque no me comparaba con otras niñas. No había necesidad. No era consciente. Tu abuela te decía que eras guapa, tú te lo creías, y punto. Pero al socializar, al ver mundo, al tomar conciencia de una misma y de mi cuerpo… Algo falló. Recordaba una y otra vez que me habían llamado gorda, y no se me iba de la cabeza. Así que, cuando nos hicieron la revisión médica anual en el colegio a los 14 años, y pesé unos 67kg aproximadamente, me alarmé, y más porque me dijeron que tenía unos kilos de más… Yo nunca me pesaba en casa, antes eso no me importaba, pero desde ese día que me pesaron, me obsesioné. Empecé a dejar de comer digamos “guarradas”, chucherías, bollería, etc. Luego, empecé a reducir las raciones, a saltarme comidas, a engañar a mi familia… Les pedía dinero para comer fuera, y luego me lo guardaba sin haber comido nada. Me llevaba un bocata y lo tiraba. Y los días se fueron convirtiendo en algo parecido al relato anterior. En un solo año, pasé de pesar casi 70kg a pesar 47kg. Ya tenía quince años, y la verdad es que el efecto fue muy notable. Tuve un cambio de look, y de repente empecé a gustarle a los chicos, ahora se fijaban en mí, querían conocerme, querían besarme. Ya no me llamaban “gorda”. Porque no lo estaba, y realmente, nunca lo había estado. Pero mi mente, ya no lo controlaba. Seguí con estas prácticas hasta los 17 años aproximadamente. Corriendo riesgos para mi salud, sufriendo anemia, desmayos, y posiblemente diversas faltas de vitaminas y nutrientes básicos para la vida. También desajustes menstruales.

Algunos síntomas y efectos de la anorexia

No terminé peor gracias a que una amiga, estaba precisamente, mucho peor que yo. Me confesó que tenía anorexia. Hasta ese momento, ella y yo siempre habíamos hablado de “esto se come, esto no, me he saltado esta comida para estar mejor hoy, pero sí que voy a merendar algo, pero no tomes eso que va a las caderas, solo un chupito que el alcohol también engorda…”, sin saberlo realmente, nos habíamos estado animando la una a la otra a dejar de comer.  Pero lo suyo venía desde antes incluso que lo mío. Y consiguió dejar de comer de una forma más “hardcore” que yo. Tanto, que su familia sí se dio cuenta, y la llevaron a una clínica privada para ayudarla. Yo la acompañaba. Al principio yo no era consciente de que me ocurría lo mismo que a ella, pensaba que ella estaba enferma, porque estaba excesivamente delgada y no era capaz de verlo, pero que yo, debía adelgazar más todavía para “estar bien”. En la clínica le dijeron que, sino avanzaba de esta manera, finalmente tendrían que ingresarla y terminaría alimentándose por un tubo. Así de grave era su caso. Me explicó que cada vez que iba, se quedaba en ropa interior un momento y le hacían una fotografía instantánea. Luego, después de varias sesiones, le hacían mirar las fotos para que viera realmente cómo estaba su cuerpo. Vi alguna imagen, y realmente, daba miedo. Era puro hueso pegado a la piel… Me quedé bastante alarmada e impactada, y por eso continué apoyándola en su rehabilitación. Fue entonces cuando empecé a darme cuenta, de que yo iba por el mismo camino si seguía así. Me notaba las costillas, y sinceramente, me gustaba, pero intenté verme desde fotografías, y no desde el espejo, y comprendí que no estaba “tan gorda”. Que sería mejor parar, y volver a comer, aunque fuera poco a poco, y sin pasarme, claro está. Tampoco quería volver a ser una “foca gorda” como cuando tenía doce años…

El caso es que, aunque a los 18 volví a comer de un modo más normal, en parte por el caso de mi amiga, y en parte porque tuve mi primer novio y eso me hacía sentir algo más feliz y bonita… nunca se me fue de la cabeza el controlarme, y el sentir, que aún me sobraban unos seis, cinco, cuatro kilos… Nunca. Como soy muy caprichosa y me encanta el dulce, a veces para permitirme algo tipo un donut o un helado, me saltaba por lo menos una comida, o dos. Cuando llegué a los 55kg, dejé de pesarme y de ser tan controladora, pero seguía viéndome… gorda. Quería quedarme en 50kg… pero me prometí no volver a usar una báscula, porque si lo hacía, volvería a obsesionarme.

“No he comido en tres días, por eso podría estar adorable”.

Me gustaría comentar varias cosas. Una, en mi caso, una falta de comprensión de la pubertad, una baja autoestima, temas familiares, ansiedad, compararme con otras y un bullying no exagerado pero muy efectivo, hicieron que entrara en una espiral, de la que hoy en día, a mis más de treinta años, todavía sufro algunas de sus consecuencias. Conozco casos reales y muy cercanos, en los que la anorexia nerviosa, vino provocada por un entorno familiar hostil, y una serie de complicaciones emocionales. Otro caso de otra amiga, que sufrió de otro tormento similar, la bulimia, fue culpa de su propio padre que la insultaba y la llamaba “vaca”, “gorda” y otras perlas. Un buen ejemplo lo podemos encontrar en la serie británica “Skins”, aquí vemos como Cassie, sufre anorexia. En este caso, también por déficits en su familia. Este personaje, también acude a una clínica, pero al igual que muchas, logra burlar sus métodos y les hace creer que está recuperada, cuando no lo está. En fin, creo que cualquier especialista que trate este tipo de trastornos de la alimentación, debe estar preparado para afrontar que detrás, puede haber más problemas, debe mirar en profundidad y no quedarse en la superficie, pues puede que sino, la recuperación no sea total.

-En este vídeo podemos ver cómo Cassie le explica a Sid cómo hace para no comer y pasar inadvertida-

Y este es otro punto que quería comentar. Sinceramente, por experiencia propia y cercana, creo que este tipo de trastornos, si no se cuidan y se atienden en todo su conjunto, no se “curan”. Sólo se maquillan, se van por un tiempo, se rebajan… Pero se quedan como he comentado, “residuos”. Es decir, una de estas amigas, mejor dicho, dos, se hicieron vegetarianas. Que me parece estupendo (es algo que yo quiero hacer algún día), pero ellas lo hacían para comer poco más que lechuga, no una dieta veggie saludable. En mi caso, aún sin dejar de comer, me he visto gorda en mi vida adulta, y tenía vergüenza de mi cuerpo, cosa que me cohibía mucho en mis relaciones íntimas. Sin embargo, hoy en día, he visto fotografías mías de las épocas en las que aún a pesar de todo, consideraba que tenía que perder peso, y me veo… ¡estupenda! Pero estupenda de verdad, con mis curvas, mi cintura, mis caderas, pero todo bonito y en su sitio, y la “barriga” que pensaba y decía tener, era plana realmente. Con su forma particular y única, pero estaba delgada. Y yo no lo veía así. ¿Por qué? ¿Por qué esa distorsión de la autoimagen? ¿Tanto nos afecta lo que otros digan o piensen, que incluso vemos lo que no es o lo que no hay? La verdad es que es algo que me da mucho que pensar…

Para finalizar, sólo añadir que si alguien que lee esto está en esta situación, está dejando de comer, o aún no, pero se ve gorda, o no le gusta su cuerpo, o ha llegado a vomitar… Para un segundo. Para un segundo, porque lo primero, es que el físico no lo es todo. Es lo primero que entra por los ojos, sí, no voy a engañar a nadie diciendo lo contrario. Pero no es lo más importante. Lo primero es tu salud mental y física. Y, si quieres adelgazar, hazlo bien. Intenta llevar una dieta saludable, pero no te saltes ninguna comida, si es necesario acude a un especialista, haz ejercicio regular para estar más sana y sentirte mejor contigo misma… Que nadie te diga qué es bello y qué no es bello, y mucho menos, cuanto tienes que pesar. Eso lo decide tu cuerpo, y si lo tratas bien, él te tratará bien a ti. No voy a ponerme a dar más consejos sobre llevar una vida sana (eso es de otra sección), ni voy a decir algo maravilloso para salir de la anorexia, como he dicho, no soy una experta. Pero sí voy a decir lo siguiente: háblalo. No hagas como yo y lo lleves toda una vida en silencio, si no estás a gusto con tu cuerpo, háblalo con alguien en quién confíes. Y por favor, personas que vais a ser futuros padres y madres, madres y padres que ya lo sois, hermanos, hermanas, tías, tíos, mejores amigos y amigas… si veis señales de alarma en un adolescente, haced algo para ayudarles y comprenderlos. A veces, lo único necesario para coger algo así y hacerlo a tiempo, es estar atentos a las primeras señales y por supuesto, lo mismo que he dicho antes: háblalo.

“Tú no eres un sketch. Di no a la anorexia”.

Anotaciones: Muchas de las personas que sufren anorexia, no mueren por desnutrición o por dejar de comer, mueren por suicidio. Por lo tanto, creo que la anorexia debería estar englobada como un trastorno pero, de alguna manera, dentro de algún tipo de depresión mayor. Uno de los síntomas y consecuencias al mismo tiempo de la depresión, es precisamente el deseo de suicidarse, o el llevarlo a cabo. Y dejar de comer, también es una forma de matarse lentamente… Hay personas que dejan de comer también porque sienten que no merecen vivir, y sólo desean desaparecer. Os dejo dos artículos cortos pero que realmente creo que corroboran bastante mis opiniones sobre este tema (los encontré después de redactar este artículo). Ojalá esto sirva para alguien.

-Los pacientes pueden sufrir secuelas.

-Algunos datos interesantes sobre la anorexia.

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